viernes, 26 de agosto de 2011

... Tu fuego en mis labios...

 Desprendiste de mi cuerpo con delicada sutileza, los harapos que cubrían mis complejos.

Rozaste con tu manos cada milímetro de piel, explorando, conociendo, aquello que te era totalmente desconocido.

Supiste llegar hasta mi averno, puesto que encontraste mi boca. Supiste hacerme sentir impaciente, al pararte frente a ella y esbozar un depravada sonrrisa, que dejaba constancia de tus perversiones ocultas.

Llegaste a mi cuello, y como vampiro, mordiste en vena, recogiendo con la punta de tu lengua la sangre que se escapaba. Dejabas que corrieran delante las rojas lágrimas, para poder seguirlas y así seguir bajando. Tu nariz reclamaba la esencia que yo desprendía y nuestros bellos indicaban la electricidad que surgía, con cada poro, cada centímetro recorrido.

No me dejabas tocarte, pues éste  era tu juego  y tú llevabas las riendas.

Al llegar al vientre paraste un momento y con las yemas de tus dedos jugaste para retener el momento.

Poco faltaba y la paciencia se agotaba, mientras las ansias aumentaban.

Abriste mis nalgas, y las recorriste hasta su centro, en el cual encontraste el centro de todo universo.

Un sol incandescente que no se apagaba, y entre gemidos y posturas, a descubrirlo te invitaba.









     



                                        ... Eros, siempre seré capaz, mientras tú me acompañes...




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